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  • Hace 14 días
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Raul Petraglia

Cuando el ruido eclipsa la esencia: volver al verdadero significado del Wellness.

Es trepidante, casi vertiginoso, observar cómo funcionan hoy las redes y la inteligencia artificial. Un término se pone de moda, se convierte en trending topic y… boom. El diluvio. Lo saturamos todo hasta el punto de que quienes no están “en el ajo” terminan rechazando no solo la palabra, sino todo lo que la rodea.
Y sí, esto está pasando [y mucho] con la palabra Wellness.

Pero para entender el ruido, a veces hay que volver al silencio del origen. ¿Qué significa realmente Wellness? Su etimología es tan directa como reveladora:

  1. Well: del inglés antiguo wel, que significa “bien” o “en buen estado”.
  2. -ness: un sufijo que transforma adjetivos en sustantivos, denotando un estado o cualidad, como nuestro “-eza” o “-idad”.

En esencia, Wellness es simplemente “la cualidad de estar bien” (the state of being well). Simple, ¿no? Nada de hype. Solo un estado del ser.

La popularización del término se la debemos, en gran parte, a un pionero de la salud alternativa, Halbert L. Dunn, quien ya en los años cincuenta hablaba de high-level wellness. Lo definía como un proceso activo, un enfoque holístico que va mucho más allá de la simple ausencia de enfermedad.

Así que no, no es algo nuevo. Llegó para quedarse.
Y en el camino, se convirtió en algo muy, muy tentador para el marketing.

Es un momento dorado para la industria y, seamos honestos, un tiempo inquietante para quienes vemos el bienestar como una vocación, un servicio y una forma de relacionarnos con el mundo. Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que:

Y los números no mienten. Cifras de McKinsey para 2024 [analizadas incluso por la IA de Google] revelan que el 82 % de los consumidores en Estados Unidos consideran el wellness una prioridad principal en sus vidas. Esto obliga a las marcas a subirse a la ola… y, de paso, a llamar Wellness a cualquier cosa que se les ocurra.

El mercado está entusiasmado: ciencia, papers, validaciones, testimoniales, hoteles y residencias wellness… y nosotros detrás. Dejamos de beber, pero nos obsesionamos entrenando de más. Levantamos pesas que nuestra estructura no soporta. Pasamos más tiempo del debido en ice baths o en el sauna. Rectificamos cervicales con parados de cabeza imposibles o empujamos el corazón a límites absurdos, incluso en los divertidos coffee raves.

El Social Fitness parece no tener límites. Y no se trata de ser el aguafiestas del grupo. Se trata de usar el criterio, de hacer lo que realmente resuena con nosotros, con balance. De no buscar en el Wellness–Fitness–Longevity el mismo hype efímero de la fiesta del sábado.

Se trata de escuchar a quienes de verdad saben. De ser coherentes. De entender que no hay por qué seguir ciegamente cada tendencia que lanza el influencer de turno.

La responsabilidad de quienes estamos en la trinchera

¿Qué significa todo esto para quienes estamos involucrados, desde la vocación, en la creación, desarrollo y comunicación de experiencias de bienestar?

Implica una responsabilidad enorme.
La de evitar caer en el well-washing.
La de respetar y cuidar el bien-estar de las personas.
La de saber reconocer el valor tangible y medible de la ciencia, sin perder jamás de vista la sabiduría de los verdaderos pioneros.

Aquellos que, desde hace miles de años, nos enseñaron a entender la naturaleza, a reconocer al sol y a sus ciclos como fuente de energía vital. Prácticas que existían mucho antes que el sauna, las luces infrarrojas, el running o los tratamientos con stem cells.

Por eso, la invitación es clara: ir más allá del ruido. Conocer las culturas de la sabiduría. Probar un temazcal, una sobada maya, un sound healing, una práctica de yoga restaurativa, sumergirse en aguas termales.

Porque es ahí [justo ahí] donde el corazón se endulza y la mente, por fin, se serena.
Y es ahí donde habita la verdadera esencia del bienestar.

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