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Crear para sanar
La evidencia científica ha dejado de ver el arte como un lujo estético para reconocerlo como una herramienta de salud. Un recorrido por lo que la neurociencia nos enseña sobre el acto de crear.

Vivimos en la era de la hiperestimulación. Nuestro cerebro recibe más información en un día de la que nuestros antepasados procesaban en semanas. Vivimos en un mundo que premia la velocidad, la productividad y la respuesta inmediata, pero que nos está haciendo perder algunas de las capacidades más humanas, como son la atención, la contemplación y, con ello, la creatividad.
Cuanto más avanzamos tecnológicamente, más evidente se hace nuestra necesidad de volver a aquello que nos conecta con nosotros mismos.
Quizá por eso la pregunta ya no sea si necesitamos nuevas herramientas para cuidar nuestra salud mental, sino si hemos olvidado algunas de las más antiguas.
Crear es una de ellas.
La Organización Mundial de la Salud define la salud como un estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de enfermedad. Esta definición implica una visión del ser humano en la que biología, emociones, conducta y relaciones sociales dejan de ser parcelas independientes para pasar a formar parte de un entramado estrechamente cohesionado. Cualquier intervención transformadora debe dirigirse a todas esas dimensiones de forma conjunta.
Durante años, las actividades artísticas se han considerado, en su faceta no profesional, como un entretenimiento de lujo o como una experiencia estética reservada para unos pocos. Sin embargo, la evidencia científica nos está obligando a replantearnos esta visión.
Una revisión realizada por la Oficina Europea de la OMS, que analizó más de 3.000 estudios, concluyó que las actividades artísticas promueven la salud, previenen enfermedades mentales y constituyen una herramienta eficaz en el abordaje de numerosas patologías físicas y psicológicas. Más recientemente, la Unión Europea ha señalado que la cultura no debe entenderse como un accesorio para el bienestar, sino como un activo estratégico para los sistemas sanitarios.
Estamos comenzando a comprender que el arte no es únicamente una expresión cultural.

La creatividad es una necesidad humana
Existe una idea profundamente arraigada que ha contribuido a alejar a muchas personas de la práctica creativa: pensar que la creatividad es un talento reservado para unos pocos.
La historia nos ha dejado grandes relatos sobre genios atormentados y artistas extraordinarios. Hemos asociado creatividad con excepcionalidad, pero la creatividad no es un privilegio ni un rasgo de personalidad. Es una capacidad humana universal que puede entrenarse y cultivarse.
Todos somos creativos.
La creatividad es nuestra capacidad para establecer nuevas conexiones, explorar diferentes posibilidades y construir con ello nuevas narrativas sobre nosotros mismos, sobre la forma que tenemos de hacer las cosas y sobre la manera de afrontar nuestro mundo.
La creatividad necesita tiempo, exploración y la opción de equivocarse.
Modelar arcilla es modelar el cerebro
Cuando alguien trabaja con arcilla no está únicamente realizando una actividad manual. Son numerosos los sistemas neuronales que se activan y comienzan a relacionarse entre sí.
La corteza motora coordina el movimiento preciso de las manos. La corteza sensorial procesa las sensaciones táctiles del material. La corteza prefrontal planifica, organiza y toma decisiones. El sistema límbico participa en la experiencia emocional. El hipocampo integra memoria y aprendizaje. Y todo ello sucede mientras nuestro cerebro construye nuevas conexiones neuronales gracias a la plasticidad cerebral.
Las teorías de un cerebro compartimentado, que asignaban funciones concretas a zonas aisladas, han sido sustituidas por conceptos como el conectoma: patrones de actividad distribuidos por todo el cerebro.
La creatividad activa redes neuronales imprescindibles en el bienestar emocional.
Por una parte, la red ejecutiva, responsable de la planificación, la toma de decisiones y la atención sostenida. Por otra, la denominada red por defecto, la red del ensimismamiento, de la imaginación y de las grandes intuiciones. Es esa red que se activa mientras caminamos, nos duchamos o contemplamos el paisaje, y en la que tantas veces hallamos la solución a un problema que llevábamos días intentando resolver.
El proceso creativo sucede precisamente en el diálogo permanente entre ambas.
Crear implica imaginar, pero también ejecutar. Abrirse a lo desconocido y darle forma.

El gran reto de nuestro tiempo: recuperar la atención
Si hubiera que señalar una capacidad especialmente amenazada en nuestra sociedad actual, sería la atención.
Vivimos rodeados de estímulos diseñados para capturarla continuamente. Saltamos de una pantalla a otra, de una conversación a una notificación y de una tarea a la siguiente sin apenas concedernos pausas para la reflexión o la consolidación de ideas.
La atención es hoy uno de nuestros recursos más escasos.
Sin embargo, pocas veces se explica que la concentración no es únicamente una herramienta para ser más productivos. Es también una herramienta privilegiada para combatir la ansiedad.
Cuando centramos voluntariamente nuestra atención, disminuye la actividad de determinados circuitos neuronales relacionados con el miedo y el estrés. La concentración se convierte así en un entrenamiento cotidiano de la serenidad.
Las personas capaces de mantener la calma en situaciones adversas no nacieron necesariamente con esa capacidad. La han entrenado.
La práctica artística nos obliga precisamente a recuperar esa presencia. Cuando nuestras manos trabajan con la arcilla, dejamos de habitar simultáneamente diez lugares diferentes. Volvemos al presente.

Las emociones también necesitan ser escuchadas
Las emociones son información. Son la manera que tiene nuestro cerebro de comunicarse con nosotros.
El problema no es sentir miedo, tristeza o enfado. El problema comienza cuando dejamos de escucharlas o cuando permitimos que tomen completamente el control de nuestra conducta.
No podemos evitar nuestras emociones, pero sí podemos aprender a relacionarnos mejor con ellas.
La neurociencia ha demostrado que nuestro cerebro posee una extraordinaria capacidad para reorganizarse y adaptarse. Ramón y Cajal recibió el premio Nobel hace más de un siglo por sus estudios sobre la neuroplasticidad.
Nuestros pensamientos modifican nuestras conexiones neuronales. Nuestros hábitos transforman nuestro cerebro. Nuestra capacidad para desarrollar nuevas formas de afrontar la incertidumbre puede entrenarse.
Crear también es una forma de regular nuestras emociones.
Cuando modelamos arcilla, pintamos, escribimos o hacemos música, estamos encontrando un lenguaje alternativo para expresar aquello que muchas veces resulta difícil verbalizar.
El arte no sustituye a otras intervenciones terapéuticas cuando son necesarias, pero sí contribuye al bienestar psicológico.

La incertidumbre también puede entrenarse
Quizá una de las mayores paradojas de nuestro tiempo sea nuestra creciente intolerancia hacia la incertidumbre.
Queremos respuestas inmediatas, soluciones rápidas y certezas permanentes en un mundo cuya única certeza es, precisamente, el cambio.
La creatividad nos enseña que no todo tiene un final predeterminado desde el principio, lo cual nos resulta bastante incómodo.
El proceso creativo nos obliga a convivir con el error, con la posibilidad y con aquello que todavía no sabemos. Nos enseña a modificar expectativas, adaptarnos y confiar en que el proceso también tiene valor.
En un mundo obsesionado con los resultados, crear nos recuerda la importancia del camino.
Crear para sanar
Quizá el mayor aprendizaje que nos ofrece la neurociencia es que el bienestar no es un destino al que llegamos una vez para permanecer allí. Es un proceso dinámico que requiere entrenamiento, atención y cuidado.
La creatividad forma parte de ese entrenamiento.
Crear nos hace más flexibles, más perseverantes y más capaces de tolerar la incertidumbre. Nos ayuda a comprender nuestras emociones, fortalece nuestra autoestima y nos permite establecer nuevas conexiones con los demás y con nosotros mismos.
Cada vez disponemos de más evidencia científica que demuestra que las intervenciones artísticas grupales promueven la salud mental y contribuyen a construir sociedades más resilientes. Quizá ha llegado el momento de dejar de considerar la cultura como un complemento del bienestar y comenzar a reconocerla como una de sus herramientas más poderosas.
Crear no es únicamente producir algo nuevo: es una forma de volver a encontrarnos con nosotros mismos.
Y, en ocasiones, también es una forma de sanar.
ACERCA DE LAS AUTORAS
Judith Francisco
Socia fundadora y directora creativa de PlayOffice, estudio de arquitectura y diseño especializado en humanizar espacios de sanidad y educación. Desde 2013 impulsa entornos que fomentan el aprendizaje, la creatividad y el bienestar físico y emocional. Licenciada en Publicidad y RR. PP., diplomada en Animación y máster en Nuevas Tecnologías aplicadas a la Dirección de Arte, ha trabajado en agencias como Señora Rushmore y Wieden & Kennedy (Ámsterdam). Fundó la agencia creativa Swing Swing en 2008. Fue presidenta del Club de Creativos (2019-2021), es socia de Más Mujeres Creativas y docente en diversas instituciones, además de copresentar el podcast «Hoy no es mañana».
Instagram: @etnogrammer · LinkedIn: /in/judithfranciscobaeza
Bárbara Ruiz Acosta
Artista ceramista y fundadora de Burro Estudio, en Madrid, donde imparte clases de cerámica para grupos y desarrolla piezas únicas por encargo. Con más de veinte años de trayectoria en la industria de la moda —fue directora creativa de Acosta, la firma de bolsos y accesorios fundada por su familia—, tras cerrar esa etapa se formó en cerámica y abrió su propio estudio para explorar un enfoque artesanal y contemporáneo, caracterizado por un diseño limpio y elegante y por un cuidado especial de las texturas y los acabados. Ha colaborado con marcas como Acosta y Malababa.
Instagram: @barbararuiza · Web: barbaraacosta.com · LinkedIn: Bárbara Acosta
Mónica Kurtis
Neuróloga, bióloga e investigadora; conferenciante, divulgadora y escritora. Directora de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Servicio de Neurología del Hospital Ruber Internacional desde 2008. Estudió Biología en Princeton University y en la University of Edinburgh, y Medicina en la Universidad de Navarra. Se formó como neuróloga en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid y en el NewYork-Presbyterian/Columbia University Irving Medical Center de Nueva York. Ha publicado más de un centenar de capítulos de libros y artículos científicos; en la actualidad, su investigación se centra en la aplicación de la inteligencia artificial a la detección precoz de la enfermedad de Parkinson y a su monitorización. Como divulgadora, busca ofrecer una visión humanista de la persona desde la neurociencia, convencida de que entender cómo funciona nuestro cerebro puede ayudarnos a ser más humanos y a desarrollar todo nuestro potencial. Es autora del libro infantil «El tesoro escondido del Park & Son» y de los títulos «Potencia tu creatividad de la mano de la neurociencia» y «La arquitectura de la resiliencia».
LinkedIn: /in/monica-kurtis · Instagram: monica.kurtis
